25 oct. 2010

EL SIMBOLO DE LA LUZ

La actitud de quien ora de frente a un icono es la actitud propia de aquellos que habitan en la Jerusalén Celeste, capaces de ver a Dios en todo. Los pintores de iconos han sido siempre conscientes y por esto nos presentan el mundo en la manera que corresponda a esta visión escatológica (del Reino de los cielos). Las montañas, los arboles se doblegan hacia Cristo, el sufrimiento de los mártires no causa más dolor, la grandeza de las personas y de los objetos corresponde a su grandeza espiritual, las miradas de las personas se encuentran en la eternidad.

Pero el elemento más importante, sobre este aspecto, es la Luz. El Apocalipsis nos explica que al fin de los siglos el sol y la luna no darán más luz: porque Cristo mismo expandirá su Luz sobre la tierra sin sombras -Ap 22, 5-. Por tanto los iconos no conocen la Luz que viene del exterior, de derecha, de izquierda o de lo alto. Esta irradia de los rostros de los santos y de todo el ambiente.

Escribe Florenski: -La pintura de los iconos, podemos decir, ve en la Luz no solo una cosa externa a los objetos, sino la identidad esencial e intima de su substancia. Para la pintura de los iconos, la Luz sostiene y crea las cosas, es su causa específica; esta no puede ser considerada exterior, es el principio creador y transcendental que se manifiesta en ellos, y que no se limita- Todo lo que se muestra es Luz cf. Ef 5, 13. Los que con un corazón puro contemplan los iconos pertenecen a aquellos bienaventurados que ven a Dios.

Tomas Spidlik